Amo la noche, que se arrastra huérfana,
de adormecida luna en los umbrales,
cuando las sombras besan apuradas,
antes de desnudarse en la mañana.
Y la hora fugaz e imperceptible,
que se desmaya en relojes de rocío,
la misma que se abre en los capullos
que blanquean la piel de los baldíos.
Amo ese instante final, desangelado,
cuando la madrugada se conmueve,
desandando los pasos en la bruma,
la silueta de un tren que se detiene. |