Tengo la pésima costumbre de caminar mirando hacia abajo.
Fue por eso que lo ví.
La esquina de Avenida de Mayo cabeceaba bajo el primer sol de abril. Y un viento fastidioso se colaba entre los transeúntes. Turistas con bermudas, y los vellos blancos de las piernas erizados de frío, un vendedor de chalinas luchando con los remolinos, y la rubia cincuentona levantándose el jeans desvencijado en la retaguardia, formaban parte de su paisaje.
Del otro lado de las vidrieras, había olor a café, medialunas tibias, una mesa limpia, una silla.....quien pudiera....
Del lado de afuera.....la vereda, el umbral, un sol mezquino, viento, indiferencia.
A su lado un atado de ropas, mas allá.... un viejo bolso de manijas cortadas y un cierre pugnando por dejar escapar su tesoro acumulado en tantos viajes.
Pero allí estaba él, en toda su dignidad , denunciándonos silenciosamente.
Allí estaba el mendigo, el loco, el borracho, el marginal, el que molesta, el que sobra, el que no tiene un lugar propio, el desheredado, un argentino como vos y yo, un hermano.
Allí estaba él, raído, con todo el camino en los zapatos, todos los inviernos en los harapos, todas las madrugadas frías en el pecho, allí estaba sentado en el umbral, como quien ejerce
un acto soberano. Peleando con el viento que quería arrebatar las hojas de sus manos....
Allí estaba él sentado en el umbral... leyendo el diario......
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