Matilde era la única hermana de mi abuelo materno.
Cuando la conocí, pequeña, delgada, con sus grandes ojos negros enmarcados por cejas espesas, ya era una anciana que frisaba los 80. Sin embargo, su paso era ágil, y su voluntad, muy grande.
Tía Matilde se vestía con la ropa que ella misma cortaba y cosía, a la usanza de aquel tiempo. Vestiditos abotonados adelante, con pequeños granitos de café en marrón y beige, marcando la cintura con un lacito al costado, y para ir a misa, sobre los hombros, cubriendo las mangas cortas, una camperita blanca, hecha por sus propias manos, delicada y austera. Zapatos negros de taco bajo, completaban su atuendo, junto con una cartera cuadrada que cerraba con un broche metálico en forma de U.
Ünica hija mujer entre varones, había guardado para sí el privilegio de “coser para afuera”.
Pero a esa edad, ya había dejado de hacerlo. Y su viejaGodeco ,descansaba cubierta por un mantel de hilo con puntillas blancas.
Por las tardes, yo solía ir a visitarla. Tardes de primavera de mis pocos años. Caminaba por las veredas del pueblo, saltando baldosas, juntaba piedritas del piso, robaba alguna flor a traves de las verjas, compraba caramelos de leche y con mis muñecas casi desnudas, apretadas dentro de un viejo bolso de mi madre, llamaba batiendo palmas en la entrada de su casa. Desde adentro se oía su voz y su risa ,invitándome a pasar.
Nos abrazábamos como viejas amigas. Ella y yo, en los dos extremos de la vida. Recuerdo la textura de su carita llena de arrugas, que yo besaba con ternura. Nos repartíamos los caramelos de leche, mientras ella preparaba la merienda, y yo buscaba el momento de animarme a decir: Tía, vine para hacerle vestiditos a mis muñecas!. Ella sonreía, feliz, y en segundos ya estaba la máquina abierta, y sobre la mesa un océano de retazos , miles de colores en tafeta, shantung, raso, tul, percal, de todas formas, con rayas finitas y gruesas, escoces, cuadrillé, pied de poule, plumetí, terciopelo, encaje, batista, linón, y así...uno por uno....me enseñaba el nombre de las telas, para que servían, como se combinaban los colores, y sus manos pequeñitas , como dos pajaritos inquietos, aquí y allá, picoteando en uno y otro color, iban dando forma a mi sueño de niña. Me enseñaba a enhebrar la aguja, elegíamos la del ojo mas grande , ya que mi mano inexperta y sus ojos cansados lo merecían, y después, a hacer el nudito con una sola mano en la punta de las dos hebras de hilo. “ no muy largas, porque eso es de haragana”, y con dos trocitos de paño, mis primeras puntadas , se llama “hilvanar” , es distinto que “coser” . Y así....se sucedían las lecciones de costura en medio de un juego mágico entre la niña y la anciana, donde se depositaba la sabiduría de la mujer en la familia, lo cotidiano bastaba, se enseñaba la vida misma.
Las muñecas descansaban sentadas a un costado. Tía Matilde, medía cintas, cortaba retazos, cosía y cosía en su máquina a pedal, probaba su obra en el cuerpito de goma de mis muñecas, y un moñito aquí, una nomeolvides de satén allá, un ramillete de pimpollitos de fantasía en el lazo , mis niñas poco a poco, se transformaban en princesas.
Las tazas de chocolate llegaban a su fin, los caramelos de leche, también...y junto con el sol que se iba, yo tenía que volver a casa. Entre las dos ,juntábamos los retazos, otra vez a su caja de tesoros, los hilos, los botones, las cintas de seda , la aguja y el dedal de plata. Otra vez la vieja Godeco a su retiro forzoso, y el mantel con puntillas guardando sus secretos.
Mis "hijas "...mas guapas que nunca, volvían a casa en mis brazos, para que todos las vieran, vestidas como princesas. Al llegar a la vereda, nos abrazábamos de nuevo, me entregaba los saludos para mi madre, me recomendaba que no me entretuviera de camino, que no hablara con extraños, y que cuidara la ropa nueva de mis niñas. Me costaba irme de su lado. Pero ella me animaba....y cuando me daba vuelta para mirarla ,Tía Matilde, me decía adiós con la mano en alto, con su sonrisa inmensa, mientras me alejaba saltando como había llegado. Mientras regresaba a mi casa, con esa alegría propia de la niñez, que convierte en milagro un gesto de amor.
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