Compañeros de vuelo: como veo que tienen dudas, les aclaro que esta es una de las tantas historias que viví en mi vida profesional.
La combi llegó al pie del cerro, y la subida se adivinaba dificultosa. Hacía días que lloviznaba y la arcilla se pegoteaba en la suela de los zapatos. Esto, sumado a la humedad tibia del clima tropical, daba una sensación de incomodidad y desasosiego.
Flotaba en el aire olor a basura podrida, y los perros jugaban con los niños descalzos y semidesnudos.
Miré a lo lejos. Al fondo del caminito trazado por dos huellas rodeadas de hierbas se veía el comienzo del monte. Una inmensa pared de árboles centenarios, enredados con lianas unos con otros, formaban el fondo de una salvaje pintura vegetal. Algunas palmeras desprolijas contra el gris plomizo del cielo, aquí y allá algunos bananos que despeinaban su melena mojada con la pereza de sus hojas gigantescas. Al costado del sendero, en un charco de agua turbia, hundían sus raíces dos guayaberas. Caracoles muertos y heces de animales completaban el paisaje que divisaba por la ventanilla , midiendo lo que se me venía.
Al abrir la puerta de la combi para descender, ya supe que me esperaba otra difícil travesía, aproximadamente quinientos metros a pie, cuesta arriba, en medio del lodo arcilloso, patinando y haciendo equilibrio con mi maletín en una mano, y la caja de medicamentos en la otra. Ya eran casi las cinco de la tarde. A esa hora debía estar saliendo de mi trabajo. Pero aquel día, yo sabía que María me esperaba. No podía fallarle. Después de 8 años, de innumeras consultas médicas, después de muchos medicamentos ineficaces, de noches de insomnio con dolores y calambres insoportables, de muchos amaneceres con su llanto gutural viajando por el aire, después de ser rechazada en todos lados porque las úlceras de sus piernas despedían olor a muerte, por fin, aquella tarde del otoño de 2003, Maria de la Asunción , 45 años, sordomuda y pobre de toda pobreza, conocería el nombre de su enfermedad, y lo mas importante, que tenía cura!.
Su casa, de madera y material, con dos pequeños cuartos, uno para dormir, el otro para cocinar y comer, estaba construida sobre pilotes de madera, por debajo corría el agua del arroyo en epocas de lluvia. Los gatos se reproducían y se quedaban viviendo dentro y fuera de la misma. Adentro en la semipenumbra, María y su anciana madre ,aquejada de demencia senil, sobrevivían en medio de la suciedad, y la enfermedad de María, que como un fantasma había llegado en 1990,para no irse mas. Primero fue una mancha blanca, en la espalda, descubierta al azar , por un medico de guardia en el pequeño hospital de pueblo pobre. Joven e inexperiente, dijo: son hongos....Después los nódulos en las orejas, los dolores en las piernas, en las manos. Y un buen día se quemó con agua caliente y recién se dio cuenta cuando la ampolla le cubrió la mano a punto de estallar. Otra noche de pesadilla despertó bañada por la sangre que brotaba de la nariz a raudales, y fue llevada de urgencia al hospital, y de allí a otra ciudad , y después a la capital, al Hospital de Clínicas, donde descubrieron que los gusanos le habían comido la nariz por dentro. Las moscas habían logrado su cometido, y decenas de gusanos rozagantes fueron retirados de las fosas nasales de María . la vieron cirujanos, profesores, licenciadas. Y volvió a su pueblito, asi como fue, con un pedazo de nariz menos. Pasó el tiempo, y las pequeñas heridas de las piernas, fueron creciendo, multiplicándose, hasta sumar doce, una docena de ojos abiertos acusando la ciencia .
Diariamente se curaban en el hospital, y diariamente María sufría el dolor del rechazo por el olor que emanaba de ellas. Al mismo tiempo, su rostro se transformaba, sus cejas desaparecieron totalmente, y su nariz se acható ,desfigurándola. Nada quedaba de María Asunción Correa, la de la foto del documento, a los 18 años, la de grandes ojos oscuros y piel cetrina, la de las cejas como cintas de ébano, la del rostro delicado y femenino, de mulata bella.
Aquel día, cuando mandaron la enfermera nueva, esa extranjera, María pensó, para qué? Si yo me voy a morir igual. Le costó entregarse para que limpie una a una las úlceras hediondas, pero la sonrisa de la mujer rubia, fue rompiendo las barreras, y en un gesto de hospitalidad , de un termo viejo y sucio, le sirvió café renegrido en un pequeño vaso de vidrio, como se estila en el lugar.
Fue difícil tragar aquel líquido empalagoso y tibio. Pero fue el comienzo.
Y así comenzó mi peregrinaje por libros de medicina tropical, para desentrañar el dilema de María.
Jamás en mis muchos años de experiencia había visto algo igual. Y era todo un desafío, como ser humano, aliviar su sufrimiento, como profesional, saber cual era su enfermedad.
Decidí hurgar en las viejas historias clínicas del puesto rural, y descubrí que en 1989, ya tenía las manchas blancas, y habían sido tratadas como hongos de la piel. En 1990 ya en el hospital, nuevamente el mismo diagnóstico. En el antiguo hospital desempolvé otros papeles amarillos, que me contaban secretos .como cuando María llegaba quemada muchas veces a la guardia de emergencia, sus manos eran un mapa de antiguas cicatrices de quemaduras de todos tamaños .
Porque será que a nadie le resultó curioso al menos investigar el porque de la frecuencia de sus quemaduras. Y cuando fue contaminada por las moscas, a nadie le llamó la atención.
Simplemente imaginar que hasta un animal que tiene moscas en la nariz se las sacude con la pata.....Porque a María las moscas le pasaban desapercibidas?
Nadie pudo imaginar que había perdido la sensibilidad de la piel.
Y aquellas úlceras, grandes como mi mano, que María soportaba curar diariamente, junto a la discriminación, los gestos de rechazo, sin poder comunicarse, sin poder decir "me duele" me pica, me arde, no siento, sordomuda que no tuvo chance de aprender la lengua de señas, María sufría en silencio, y de vez en cuando lloraba la noche entera con su llanto gutural, que se perdía en la selva.
Atando cabos y buscando datos aquí y allá, como una novata, en un idioma que no era el mío, apareció la sospecha, era lepra, la vieja y bíblica lepra, que mediante las pruebas de laboratorio serían confirmadas pocos días después.
Por eso aquella tarde húmeda y caliente, allá iba la rubia enfermera, subiendo la cuesta de lodo arcilloso, con el resultado del análisis en el maletín, y la caja con la cura en la otra. Sólo Dios sabe como se comunicaron la sordomuda y la extranjera para terminar fundidas en un abrazo de felicidad, cuando al fin ,María de la Asunción, comprendió, que su enfermedad se llamaba Mal de Hansen, y que su tratamiento simple y gratuito, estaba en sus manos.
Aquel atardecer, mientras regresaba a la ciudad, en la vieja combi blanca, a los saltos por los caminos pedregosos que bajaban y subían ondulantes, la lluvia del atardecer tropical cantaba en mis oídos, y las orquídeas colgando de los barrancos me sonreían. Mi alma se elevaba agradeciendo.
En su choza rodeada de aguas servidas y de gatos famélicos, María , acariciaba la caja de cartón, con sus pequeños comprimidos rojos y blancos, con los ojos húmedos de alegría.
Cuatro años después, con muchas idas y venidas en su tratamiento, María de la Asunción, recibió el alta médica. Por fin , estaba curada. Esa noche, en el culto evangélico, María de la Asunción, la sordomuda, cantó loas al Señor, con su voz gutural. Y el Señor, sonrió.
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