El esperaba paciente su llegada, en el banco frío de la plaza, con sus antiguos libros apretados, entre el deseo y el amor callado.
Ella soltaba gorriones en su risa, que inundaban el aire de la tarde, y él ,los atrapaba entre sus labios, con su hambre de lobo enamorado.
Todo su cuerpo vibraba en el instante en que ella deslizaba su melena entre su cuello de porcelana alba y el escote de cimas nacaradas.
Ella pasaba en vuelo de miradas, que acariciaban su talle estremecido, ella reía, graciosa, distraída, y él, en el silencio, la abrazaba.
Y cada tarde, cruzaba aquella plaza, con el ansia en la garganta, Y cada noche lloraba la agonía del imposible amor que lo mataba.
(El, el poeta, que ya peinaba canas, ella, la alumna, del 5° A Mañana)
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