Aquella noche era especial. Afuera estaba oscuro y seguro que iba a helar. El viento había parado, y la gente en sus ranchos junto al fogón se calentaba el cuerpo y el alma en rueda de amargos. En el "bolicho" se balanceaba el último parroquiano,depues de varias ginebras, apoyando tembloroso el vaso de vidrio grueso en el mostrador. Ella, observaba , con sus grandes ojos negros, la escena, no menos desagradable, por muy conocida. A los cuarenta años, su piel blanquísima y su cabellera ondulada ,negro azabache,quedaban fuera de lugar, en aquel sitio sórdido y hediondo. Se miró de reojo en el espejito cuadrado, y vió la mancha azulada en su mejilla derecha. Odió.Odió todo.A sí misma y a todo lo que la rodeaba.Cada minuto de su vida.Cada minuto de esa agonía permanente que era respirar en este mundo. Odió la pobreza, el alcohol , el mostrador, las borracheras del padre de sus hijos.Odió el olor a orina estancada del pozo que usaban los parroquianos como baño. Y deseó estar lejos. Muy lejos. En algun otro mundo donde no la alcanzase tanta mugre, tanta miseria, tanto dolor. Cora sentía el asco en su paladar. Desde que abría los ojos por la mañana, y a su lado, dormía aquel hombre oliendo a alcohol y a sudor agrio. Saltaba de la cama, huyendo de aquella presencia insoportable que entre vahos de alcohol y escupitajos, la miraba extraviado sin darle los buenos días. Cruzaba la puerta del rancho de adobe y paja, desesperada por respirar el aire puro de la mañana, y mientras sacaba agua del pozo, con un balde de lata, reprimía las últimas náuseas. Afuera ,la helada blanqueaba la tierra y los yuyos del campo. Adentro, rodeando la vieja cama matrimonial , ocho hijos dormían apilados en camas y cunas de tablas desvencijadas.
Se lavó la cara con el agua helada, apoyando el balde sobre un pie de hierro oxidado, y las lágrimas escaparon de sus ojos sin dar aviso.Las secó junto con el agua que dolía en sus mejillas, con un pedazo de toalla vieja y áspera. Y contó catorce moretones en su cuerpo, ni uno menos.Ah !y unas cuantas cicatrices, que ya no dolían tanto. Pensó en poner la pava en el fogón , para tomar mate, pero algo en su interior gritó que no, que así como estaba, aprovechara , que fuera corriendo hasta la comisaría, y le dijera a él," que Sí, que esa noche, que estaba bien, que sí, que fuera cuando la luz del bolicho se apagara, que la esperara ,escondido atras de los eucaliptos, con la bicicleta y el bolso.Que sí, sí Enrique, llevame con vos, ya no aguanto mas, ya no tengo mas lugar en el cuerpo para moretones, para el asco, para la angustia, que sí, llevame lejos, porque quiero vivir, no quiero que me mate, fijate , mirá, la última paliza que me dió, todavía me duele el oído, y el cuello, porque me quiso ahorcar."
Y aquella noche, era especial. Oscura. Luna nueva.Mucho frío. La gente metida en las casas.El bolicho iba a cerrar temprano. Se escuchaba a lo lejos el lechucerío en los silos de arroz de los Bertoni. Y recién pasó el tractor del Chacho, el último que quedaba arando el campo del Rusito. No quería hacer ningún movimiento fuera de lugar, "no vaya ser que el Cholo se de cuenta, que vaya maliciar que quiero escaparme.porque ahí, sí, seguro que pela el cuchillo y me lo entierra bien al medio del corazón, como me dijo un día, y me deja morir con las tripas afuera pa que te coman los caranchos, como vos te merecés, mierda!"
Apoyada en la pared de barro, pintada a la cal,secaba los vasos de grueso fondo de vidrio, uno por uno, y observaba los movimientos del Tape Leiva, que como siempre, se iba a ir cuando no podía mas de borracho, tropezando y cayendo con la bicicleta a la rastra por el camino de tierra. El Tape, que la miraba con lascivia, y no perdía oportunidad de decirle algo mas... Lo vió tambalearse rumbo a la puerta, y atravesar la oscuridad tosiendo ruidosamente. Esperó segundos apenas, y sin demorar, cerró la puerta de tablas pintada de verde, por dentro, con la "tranca "de hierro, que colgaba de un lado del marco. Suspiró , y en la oscuridad, llegó hasta la puerta del rancho donde dormía el Cholo.En el silencio, oyó el ruido acompasado del ronquido del hombre que dormía profundamente su borrachera del atardecer. Por unos segundos, casi se arrepiente de su decisión. El menor de sus hijos, el que todavía mamaba en su pecho, ensayó un llanto, y sintió puñales en su vientre que abrían su cuerpo en mil pedazos. Respiró profundamente, ahogada, sudorosa,temblando..., Retrocedió unos pasos, y sin mirar atrás, caminó hacia los eucaliptos, bordeando el alambrado, caminó sin mirar atrás, como una sonámbula, caminó sin pensar, cada vez más rápido, hasta que divisó la linterna que prendía y apagaba en la señal convenida.
El escribiente de la comisaría la esperaba apretando su bicicleta y un bolsito de tela con su ropa. Sus veinte años le habían dado el coraje necesario para amar la mujer hasta el punto de ofrecerle la salvación de la fuga. "Dale, le había dicho un domingo mientras apuraba una cerveza recostado en el mostrador, vamonos juntos, a Paraná, nadie nos va a encontrar allá. Si te quedás te va a matar a golpes. A los gurises los van a cuidar igual, los van a criar igual, pero a vos, a vos el loco te va a matar..."
Y él lo planeó todo. Mientras redactaba cuidadosamente las denuncias de uno que otro latrocinio, pelea de borrachos, robo de gallinero, paso a paso, pensó y repensó, y ahí estaba... el camioncito de don Sosa, esperándolos, para llevarlos al pueblo, a tomar el colectivo a la madrugada, rumbo a la libertad.
Allá en el campo anda el comentario de que" el mocoso ese, el escribiente de la comisaría, le robó la mujer al Cholo, que se escaparon juntos, dicen que pal Uruguay, que parece que se fueron en bicicleta nomas", "fijese, que locura, doce leguas pedaleando pa yevarse la mujer de otro", y ella, ¡ocho hijos!, dejó ocho hijos tirados a la buena de Dios, que clase de madre hace algo así!.
Dicen que los vieron. Ella debe andar por los sesenta, y él menos, ni canas tiene. Dicen que ella volvió para ver los hijos y pedirles perdón. Dicen que sólo el menor de los ocho quiso conocerla. Dicen que ella lloró en silencio y abrazó al hombre fornido que un día casi la detuvo con su llanto desde la cuna . Dicen que ella le pedía perdón. Dicen que el hijo le respondió: no soy quien para juzgarte... Tantas cosas se dicen...
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